Prostitutas venezolanas abundan en burdeles de Arauca

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Foto: Jim Wyss Miami Herald

En Venezuela eran maestras y doctoras. Para comprar comida se convirtieron en prostitutas.

En una miserable casita de concreto a orillas del pantanoso río Arauca, Gabriel Sánchez habla de los antiguos empleos de las mujeres que ahora trabajan en su burdel vendiendo sus cuerpos por $25 la hora.

“Aquí tenemos muchas maestras, algunas doctoras, un montón de mujeres profesionales y hasta una ingeniera de petróleo”, dijo alzando la voz por encima del escándalo de la música de un vallenato. “Todas llegaron con sus títulos en la mano”.

Y todas vinieron de Venezuela.

A medida que la economía de Venezuela continúa empeorando en medio de la grave escasez de alimentos y otros productos básicos, la hiperinflación y las sanciones norteamericanas, cada vez más olas de refugiados económicos escapan del país. Los que tienen algún medio para lograrlo, llegan a lugares como Miami, Santiago y Panamá.

Los menos afortunados, en cambio, tienen que cruzar la frontera con Colombia y buscar una forma de darle de comer a sus familias y a sí mismos. Un reciente estudio indicó que hasta 350,000 venezolanos han entrado en Colombia en los últimos seis años.

Sin embargo, con la enorme escasez de trabajo, muchas mujeres jóvenes –y no tan jóvenes– buscan su sustento en el oficio más viejo del mundo.

Dayana, de 30 años y con cuatro hijos, bebe una cerveza mientras contempla a clientes potenciales que caminan la polvorienta calle a lo largo de barracones de madera, bares y prostíbulos. Engalanada para trabajar con un vestido de colores brillantes, Dayana dijo que antes era administradora de una planta de procesamiento de alimentos ubicada en las afueras de Caracas.

El trabajo desapareció cuando el gobierno incautó la fábrica y “la saqueó”, dijo.

Hace siete meses, pasando grandes dificultades para darle de comer a su familia, Dayana, llegó a Colombia en busca de trabajo. Sin permiso laboral, tuvo que trabajar como prostituta en la capital, Bogotá. Aunque el dinero que ganaba allí era mejor, con el tiempo se mudó a Arauca, un pueblo ganadero de 260,000 habitantes en la frontera con Venezuela. Desde allí le era más fácil enviarles alimentos a sus hijos en Caracas.

La noche anterior, la hermana de Dayana había viajado 18 horas en autobús desde Caracas para buscar una factura de alimentos que Dayana había comprado y de inmediato regresar en otro autobús a la casa.

“Si hace cuatro años, alguien me hubiera dicho que estaría aquí, haciendo lo que ahora hago, no lo habría creído”, dijo Dayana, que pidió no revelar su apellido.

Con inflación cerca del 700% y la moneda nacional, el bolívar, en franca caída, encontrar comida y medicina en Venezuela se ha convertido en una tarea frustrante y agotadora. Dayana dijo que a veces tenía que esperar en una cola entre cuatro y seis horas para comprar un paquete de harina. Otras veces tenía que comprar alimentos en el mercado negro a precios exorbitantes. El hambre en Venezuela es absolutamente rampante.

Dayana dice que en una buena noche puede ganar el equivalente de $50 a $100 dólares, vendiendo sus servicios durante 20 minutos cada vez.

“Obviamente la prostitución no es un buen empleo”, dijo. “Pero estoy agradecida de haberlo encontrado, porque me permite comprar comida y mantener a mi familia”.

La prostitución es legal en Colombia, y hasta las localidades más pequeñas tienen distritos de luz roja donde las autoridades se hacen de la vista gorda. De modo que, mientras las autoridades de inmigración no paraban de perseguir y acosar a las venezolanas que vendían baratijas y pedían limosna en la plaza central de Arauca, las mujeres que frecuentan la zona de burdeles dicen que rara vez se ven atormentadas por la policía.

Marili, una ex maestra de 47 años, dijo que hace tiempo que le daba vergüenza admitir que era prostituta, pero ahora da gracias por tener un empleo que le permita comprar las medicinas para la hipertensión que necesita su madre en Caracas.

“Somos mujeres que trabajamos para mantener a nuestras familias”, dijo. “Me niego a criticar a nadie, incluyéndome a mí misma. Todas tenemos que trabajar”.

Por: Jim Wyss

Tomado: elnuevoherald.com

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