La constancia interminable de Baldomero Perlaza

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Foto: Mauricio Alvarado – El Espectador

Aunque muchas veces en su carrera le dijeron que no, este vallecaucano no se rindió y hoy es una pieza importante en el equipo de Gregorio Pérez.

La infancia de Baldomero Perlaza, en Tuluá, estuvo repartida en los tiempos del no y en los del sí. Los del no cuando en las ferias del pueblo le dio por irse de rumba con los amigos. Apenas tenía 11 años, pero su contextura portentosa revelaba otra edad. Y ante la negativa de su mamá, Rosalina, pegó un brinco en el patio, lo suficiente para agarrarse del borde de la pared, encaramarse a la terraza y pasar de una azotea a otra hasta la última casa de la cuadra, que tenía escaleras. Abajo lo esperaba Diego Leonardo Amaya, su mejor amigo, con un jean, un buzo, una camiseta y la sonrisa de satisfacción de la travesura lograda. “Creí que había coronado, pero lo que no sabía era la pela que me esperaba después”.

También hubo momentos del sí, como cuando se quedaba toda la tarde con los amigos jugando banquitas en el barrio Los Chiminangos, apostando la gaseosa en plena vía, en un escenario rudimentario y en el que un día un señor que pasó en bicicleta le dijo que por qué no se metía a la academia del pueblo. “Yo me asusté porque un desconocido se me acercó a hablarme de la nada”. No fue buen estudiante, aunque hizo el esfuerzo por complacer a su mamá. Aún hoy no recuerda por qué perdió primero de primaria. “¿Sabés que no tengo idea?”. Su memoria es más clara para los detalles que para los sucesos. Como por ejemplo, que en sus cuadernos no era fácil distinguir una sola tipografía, pues todas las niñas del salón le ayudaban en las tareas y tomando apuntes en clase mientras que él, con la excusa de ir al baño, se escapaba para jugar fútbol. Las materias, los números, las letras, nunca fueron prioridad.

Rápidamente en la Institución Educativa Occidente de Tuluá entendieron que castigarlo por evadir responsabilidades era un camino erróneo. Que lo correcto era aprovechar su vocación para el deporte, su rigor de hierro con la pelota, y premiarlo por las buenas actuaciones en los Intercolegiados, pues un campeón no tiene que ser buen estudiante. “Si nos representás bien, te ayudamos con el promedio”. Tuvo que salirse de la escuela Sarmiento Lora porque el horario no le servía y en su casa, estudiar todavía era una obligación. Llegó a la Escuela Porvenir, donde lo dejaban practicar en las mañanas y en la que empezó a entrenar con niños más grandes que él, en edad, pues escaseaban los nacidos en el año 1992. Baldomero fue ganando experiencia, creando memoria en los movimientos, entendiendo la dinámica del juego, aprovechando sus largas piernas, potenciando su estilo, su marca. “Claro, los fines de semana, cuando ya jugaba los partidos oficiales, se notaba mucho el cambio. Iba más avanzado que los demás”. Debutó con Cortuluá en 2008 luego de pasar un proceso al que llegaron 300 jugadores y que, tras un depurada selección de cuatro días, terminó con él y tres jugadores más en el equipo profesional. Explotó su única opción y se ganó el derecho a recibir 50 mil pesos mensuales de subsidio, dinero que daba en su casa por convicción, mas no por compromiso, por tratar de ser ahora el protector luego de haber sido mucho tiempo el protegido. “Prefería irme hasta el estadio 12 de Octubre caminando con tal de no gastar esos pesos”.

Una hora de ida, otra de regreso, en la mañana y luego en la tarde. Perlaza no trastabilló como otros, tampoco se victimizó por la situación. En 2009, con el ascenso del club a la primera división para la siguiente temporada, todo mejoró, la decisión de pelear por la vida, de no acomodarse ni conformarse, fue dando frutos, de a poquitos. El sueldo fue diez veces mayor, pero ya no tuvo la oportunidad de actuar con el equipo profesional, pues la llegada de jugadores más experimentados lo relegó a la capitanía del conjunto sub-20. Paradójicamente, un año después, Cortuluá descendió y él ascendió de nuevo, ahora bajo la dirección técnica de Néstor Rodríguez. Su manera de entender el juego despertó el interés del Atlético Huila, una escuadra que buscaba por ese entonces jugadores económicos, pero con talento, para reforzarse.

“Dos millones de pesos y ayuda en la vivienda. Eso me prometió el presidente”. Apareció un nuevo sí en su vida y se fue a vivir con otro compañero, César Hinestroza, al que también cedieron en opción de préstamo. Duró año y medio en Neiva antes de regresar a Tuluá, empacar maletas de nuevo y partir rumbo a Cúcuta, a seguir jugando en la B. “Me dio duro, porque yo sabía que Once Caldas y Medellín me querían y no se concretó nada”. Conoció a Alberto Suárez, un hombre práctico y consciente que hablaba cuando era necesario. Pero cuando lo hacía, siempre generaba una sensación de esperanza. “Nada de bajar los brazos, morocho. Vos tenés condiciones y muchas, unas que pocos futbolistas tienen”.

40 partidos, 3.554 minutos y ocho goles, los números que Perlaza logró en el cuadro motilón en 2014 y que hicieron que Roberto Díaz, por ese entonces mano derecha del presidente de Santa Fe César Pastrana, lo buscara vehementemente. “Ya está todo listo en Bogotá. Tú dirás si sí o si no”. Llegó al cuadro cardenal en 2015, con Gustavo Costas al mando. Primero que sí y después que no. Y cuando su continuidad era efímera, apareció Gerardo Pelusso y con él el título de la Copa Sudamericana, y su nombre impreso en cada alineación titular, y los goles y buenos partidos. Y de nuevo Costas y otra vez la época de los nos. Que te voy a utilizar, pero de otra manera, que hay compañeros en mejor momento, que tengas paciencia.

“Yo ya estaba pensando en mirar otras opciones cuando llegó el profesor Gregorio Pérez y me dijo que quería contar conmigo”. El uruguayo cumplió con su palabra, pues de los 15 encuentros que ha disputado el conjunto bogotano en el torneo local, en todos ha estado presente Perlaza. “Mi trabajo me permite estar en una época buena y mi trabajo me permitirá salir de una mala si es que llega en el futuro”.

Tomado: elespectador.com

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